Los Templarios y el Arquetipo Caballeresco

Iglesia del Temple, Londres

La intención de este breve trabajo es la de invitarnos a la reflexión respecto del significado de nuestra condición de Caballeros y Damas a la luz de los modelos que nuestra Orden pretende imitar y reeditar en tiempos modernos. La ocasión de su lectura no nos permitirá más que un análisis superficial, pero esencial para comprender por qué –pese a las profundas transformaciones a la que está siendo sometida la sociedad, inserta en un violento proceso de secularización – el templarismo continúa vigente. 

Cuando nos aproximamos al Temple por primera vez, lo primero que nos llama la atención es la doble condición de un caballero Templario. Es un caballero, sí. Pero a la vez es un monje. Es un hombre que se arma en defensa de la Fe, pero la Fe es su razón de ser, más allá del arma. Su tarea principal era la de defender a los peregrinos, custodiar las rutas que conducen al Santo Sepulcro. Ergo se convierte en una fuerza militar regular que, junto con la Orden de los Hospitalarios y de los Caballeros Teutones, proveerá de un ejército estable al Reino de Jerusalén, a cuya suerte quedó atada. Prueba de ello es que el ocaso y caída de la Orden se produce como consecuencia de la pérdida de los territorios cristianos de Tierra Santa, luego de que fueran expulsados los ejércitos europeos, reconquistadas las ciudades por el Islam, y de que ya no quedaran peregrinos a los que defender.

En efecto, en 1291 se produjo la caída de Acre, con los últimos templarios luchando junto a su maestre, Guillaume de Beaujeu. La pérdida de Acre constituyó el fin de la presencia cruzada en Tierra Santa, pero no el fin de la orden, que mudó su cuartel general a Chipre, isla de su propiedad tras comprarla a Ricardo Corazón de León. Sin embargo, sin cristianos peregrinos a los que defender, y sin perspectivas de una pronta recuperación de la Tierra Santa, la Orden fue pasto de las ambiciones del monarca francés Felipe V y de la impotencia de un papa tomado de rehén que poco pudo hacer para evitar el desastre. Estos son los hechos.

La mayoría de los autores serios sostienen que existe tal confusión en torno a los Templarios que esa es la causa principal por la cual se sigue escribiendo sobre ellos. En efecto, podríamos afirmar que la literatura generada en los últimos dos siglos en torno a los Orden del Temple es tan vasta y variada que termina convirtiéndose en un laberinto en el que cada cual elige lo que quiere ver:

  • Una tropa de elite.
  • El modelo más acabado del guerrero medieval.
  • Los guardianes del Santo Grial.
  • Los creadores de la banca moderna.
  • Los primeros en explotar las minas de plata en el continente sudamericano.
  • Los custodios de la supuesta familia descendiente de Jesucristo y María magdalena.
  • Una ambiciosa organización que controla los hilos políticos de Occidente.
  • Los hábiles negociadores que a la vez que pelean con el infiel hacen pactos con el Viejo de la Montaña

…y un largo etcétera para todos los gustos.

Ante tal desorden deberíamos comenzar preguntándonos cómo una tropa de elite conformada por los guerreros más duros de la cristiandad medieval, rústicos entre los rústicos, impermeables a cualquier especulación filosófica, aferrados a la Fe en Nuestro Señor Jesucristo, atados a la Regla redactada por San Bernardo,  de pronto, se transforman en guardianes del Santo Grial, o en refinados y celosos cerberos de antiguas tradiciones herméticas.

Nadie que haya leído la Antigua Regla escrita por el propio Bernardo de Claraval –personaje central en la historia de la Iglesia católica, considerado el más notable de su siglo, impulsor de la vida monástica y de la expansión de la arquitectura gótica–, podría creer que en ella pueda haber un resabio de ninguna otra doctrina que no fuese la propia del cristianismo.

Desde la creación formal del Temple, en 1118, hasta su caída en 1314 pasaron casi 200 años. La historia de la Orden y sus orígenes se encuentran ampliamente documentados, no solo por la infinidad de documentos existentes sino por la máxima autoridad en Historia del Reino de Jerusalén en el siglo XII, el cronista Guillermo de Tiro, quien en su libro A History of Deeds done Beyond the Sea fija la fecha de su fundación en los años 1119-1120. Es lógico pensar que aquellos templarios de principios del siglo XII no eran los mismos que estos otros del siglo XIV. El mundo se estaba transformando; Jerusalén se había perdido y los otrora Pobres Caballeros de Cristo eran ahora grandes banqueros y latifundistas que –en no pocas ocasiones– se paseaban en las cortes e influían en las políticas de Estado.

Resulta difícil separar la paja del trigo, porque muchas de estas cosas han sido debidamente documentadas, como por ejemplo la creación del sistema de letras de cambio que modificó de manera radical la forma de mover el dinero, o la capacidad diplomática que demostraron a lo largo del conflicto entre el reino de Jerusalén y los musulmanes. Pero otras no están tan claras. Existen dudas respecto al modo en que las ceremonias de admisión a la Orden se fueron modificando a través del tiempo; poco se sabe del origen de los ingentes cargamentos de plata –un metal escaso en esa época, cuyas minas estaban agotadas en Europa–, o hasta dónde llegaba el vínculo con la Orden de los Assasin del Viejo de la Montaña.

Sin embargo todas estas especulaciones ceden ante un hecho irrefutable: la Orden de los Templarios contribuyó como ninguna otra institución medieval a forjar el modelo de la caballería cristiana tal como nos ha llegado hasta nuestros días.

La imagen de los caballeros templarios subyace en el inconsciente colectivo de la cultura occidental desde el momento en que el caballero y poeta alemán Wolfram von Esembach (1179-1220) les otorgó un rol preponderante en la historia del Santo Grial. La primera versión de la leyenda del Grial fue escrita por Chrétien de Troyes  (1130 – 1183), un poeta de la corte de Champaña al que se considera el primer novelista de Francia y padre de la novela occidental. Con Perceval y la leyenda del Santo Grial (Perceval ou le Conte du Graal, en francés), Chrétien de Troyes inicia la tradición de la materia caballeresca. La narración nos introduce en la mítica corte del rey Arturo y sus caballeros, que buscan el Grial donde se recogió la sangre de Cristo crucificado. La novela quedó interrumpida por la muerte de su autor, acaecida en 1180 y fue continuada –entre otros– por la versión de Parzival del mencionado alemán Wolfram von Eschenbach que es quien introduce en el texto a los Caballeros del Temple.

Se podrá debatir respecto de si Parzival fue solo fruto de su imaginación o si se trata de la construcción colectiva de una leyenda iniciada por Chrétien de Troyes y difundida por los trovadores o minnesinger del siglo XIII. Lo cierto es que von Eschenbach, que reunía la condición de caballero, poeta, monje y guerrero, fue quien llevó a escala popular la figura de la militi christi cuyo modelo por excelencia es la Orden de los Templarios. Otros poetas como Walther von der Vogelweide (1170-1228) y principalmente Heinrich Tannhäuser (1205-1270) inspirarán a Richard Wagner en la creación de sus obras Parzival y Tannhäuser. Sin embargo, más allá de que el origen de estas historias haya sido producto de la poesía del siglo XIII, el modelo de caballero que proponen los minnesinger, lejos de ser una ficción se encuentra encarnado en el modelo de guerrero de las órdenes monástico militares cuyo arquetipo es precisamente el Temple.  

La basa que otorga a la Orden del Temple un carácter único en la historia es su condición religiosa y militar, modelo cuya descripción más acabada la encontraremos luego en las obras de Ramón Llul (1232-1315), en particular su Libro de Orden de Caballería. Conviene dejar aclarado aquí que para cuando von Esembach, Tannhäuser y Llul escribieron las obras que los inmortalizarían, los templarios llevaban un siglo guerreando en las arenas del levante y su fama se había expandido por toda la cristiandad. Con esto quiero decir que la singularidad de las órdenes monástico militares –y en particular la de los Templarios– moldearon al arquetipo de caballero que se convierte en leyenda y no al revés. No fueron los Templarios los que adoptaron un modelo de caballería ya difundido; por el contrario, el modelo fueron ellos mismos. En todo caso, si queremos buscar un génesis de estas órdenes hay que ir más atrás, especialmente en los monjes benedictinos, ya sea de cuño cluniacense o cisterciense, que desde tiempos de Carlomagno fijaron la mirada en Jerusalén como centro y faro espiritual de toda la cristiandad. Pero dejaremos esta cuestión para una próxima oportunidad.

Eduardo R. Callaey